De “grietas”, broncas y el lugar que has elegido

Planalto(Escribe Lic. Emilio Arredondo). La oposición uruguaya viene adoptando al pie de la letra las principales líneas discursivas de su familia ideológica regional. El debate de los vecinos, sobre todo el de los más cercanos, se trasforma en una pista privilegiada para comprender aspectos de nuestro propio debate. El actual y el que se viene. “La grieta” es una metáfora inventada por la derecha argentina con el fin de denunciar lo que –según considera- es uno de los peores legados de la década kirchnerista. Sostiene que el modelo “K”, en discurso y práctica, fomentó divisiones, separó familias, enemistó amistades e instaló rencores, rompiendo así un cierto clima de concordia social.
En rigor, sobre este asunto la derecha argentina casi tiene razón. Casi, ya que por un lado, cualquiera mínimamente informado sabe que en dicho país, efectivamente, hay una grieta y es enorme. Como descripción, la metáfora se acerca. En cambio, falla –y bastante- como explicación de causas.
Causa o consecuencia?
Nadie duda que el “estilo K” fue áspero, patotero, que incluyó empujones (y varias cosas más), no solo adentro, sino con gobiernos cercanos. La izquierda uruguaya lo tiene bien presente. Ahora, si ese gobierno pudo sostener tal estilo durante más de una década y, a pesar de ello (y de la campaña electoral de Scioli, verdadero recetario de cómo perder elecciones), terminó con 49% de adhesiones es porque en realidad su discurso y práctica no son las causas, sino consecuencias de una vieja y dolorosa grieta. La verdadera.
Esa que viene del viejo modelo oligárquico (presente en la historia de toda América Latina), por el cual todo un país pertenecía a pocas familias poderosas, esas que no tenían ningún problema en disponer masacres de indígenas y campesinos si se trataba de cuidar sus vaquitas. Esas familias que se cansaron de poner amigos en el Poder Judicial y corretear presidentes cuando éstos no facilitaban sus negocios; las mismas que se cansaron de licuar sus deudas privadas con los bolsillos de los trabajadores y sectores medios, de llevarse fortunas a bancos extranjeros y que, por supuesto, siempre tuvieron de su lado -por la fuerza del dinero- a los profesionales del sentido (primero la iglesia y desde hace algunas décadas, a la iglesia más los medios de comunicación).
Estancias y peones
La ciencia política por la que opto enseña que la forma más insidiosa que un grupo privilegiado tiene de ejercer el poder no es resolviendo a su favor los conflictos, sino actuando de modo de evitar que los conflictos surjan. Para ese puñado de familias, dueñas del poder real, simular sus privilegios tiene el efecto de desactivar posibles conflictos. Así, el viejo dispositivo ideológico de maquillar la persistencia de “arribas” (muy arriba) y “abajos” (muy abajo), resulta indispensable para reforzar tal (irritante) orden de cosas. El reproche fundamental de tales grupos privilegiados –y me refiero a los privilegiados en serio, no a sus simples activistas cotidianos- no está motivado por el supuesto surgimiento de divisiones sociales. Ellos y sus familias están acostumbrados a vivir, desde siempre, en sociedades agrietadas. Saben arreglársela en sus barrios y clubes privados, colegios caros, y cuando la cosa se complica, echan mano al número particular de sicarios profesionales o ejércitos obedientes. Así lo han hecho desde siempre.
El malestar esencial, lo que a la derecha le revuelve las tripas es que dejen al descubierto lo que durante décadas ha tratado de simular: que viven al país como si fuera su estancia, todos nosotros sus peones y entre ambos, la verdadera grieta. Eso sí: solo irrita tal destape si está hecho por un colectivo, ya que únicamente en boca de los colectivos las palabras adquieren su potencial subversivo. En el caso argentino, los “K”, con la soberbia de “la Cámpora”, los “punteros” del FPV y la patológica prepotencia de “los Guillermo Moreno”, están lejos, muy lejos de haber inventado ninguna grieta. Se limitaron a correrle el velo, hablaron desde ella y al hacerlo, la mostraron. Mostrando también quiénes eran sus verdaderos artífices, cuál su verdadero origen.
Ocultar el conflicto primigenio, ocultar que un país tiene a un puñado de familias como sus dueñas, simular que esas pocas familias amasan fortunas quedándose con lo que producen millones de pobres (para lo cual requieren repúblicas de cartón), tiene el propósito de naturalizar los privilegios, de convencer de que “así son las cosas” y al hacerlo, ejercen el poder de la forma más insidiosa. Y eficaz.
El nuevo nombre de las venas abiertas
La derecha militante predica un día sí y otro también, en contra de las patotas que –a veces- los pobres forman al pelear por lo suyo. “Divisionistas!”, gritan. Pero su pensamiento conservador, siempre sumiso, les impide ver que esas patotas no son sino una respuesta, generalmente torpe, al patoteo estructural del que los pobres son víctimas.
Ese pensamiento sumiso, “humilde ante el extranjero pero soberbio con tus hermanos del pueblo”, les impide ver que el gesto duro y la palabra filosa del militante social es la respuesta al patoteo que resuelve golpes a la democracia en los clubes de golf. Cuando ese pensamiento conservador se cruza con la mirada desconfiada de los “zurdos” no advierten que se trata de una respuesta, -a veces torpe, insuficiente, pero digna- al afane colectivo que desde hace décadas se hace en el marco de las leyes y a la luz del día.
Porque, aunque no lo vean, la corrupción no siempre sucede debajo de la mesa.
Se refieren a “la grieta” como si fuera el resultado de los últimos años, sin advertir que la verdadera grieta, la generadora de los malhumores, broncas y recelos, son las viejas venas abiertas de América latina que aún no cierran. No debería ser muy difícil comprender que cuando alguna Madre de Plaza de Mayo juró odio eterno a los asesinos de sus hijos, no estaba inventando el odio. Era su víctima. La gran pregunta no es si la grieta existe o no. La gran pregunta es de qué lado de la grieta estás. Todo lo demás es un simple, impúdico y conceptualmente insostenible verso.

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