Veinte años no son nada, cuarenta y tres son muchos

manuela1(Escribe Prof. Manuela Mutti. Diputada por el Frente Amplio Salto). A mis 29, y siendo una de las parlamentarias más jóvenes de la actual legislatura, debo decir que sufro el pasar de los años. Porque, no obstante mi corta edad en un terreno político y en un país de viejos, soy del tiempo en que las palabras “golpe”, “traidores”, “capitalismo”, eran palabras fuertes. No solo para nosotros los militantes, para todo el conjunto de los trabajadores y de la sociedad que sufrieron la dictadura cívico militar.

El progreso ha llevado el confort a niveles que nunca hubiéramos imaginado, pero a cambio nos regala esta modernidad líquida en la que no somos capaces de diferenciar los grandes acontecimientos de lo superfluo, o lo importante de lo meramente exitista. Paseamos por paisajes hermosos y nos importa más la selfie para documentar que estuvimos allí, que disfrutar ese momento irrepetible. Presenciamos eventos terribles y lo primero que queremos hacer es subirlos a las redes sociales, ser los primeros en pronunciarnos sin analizar a fondo las causas o las consecuencias.

Los que en su momento defendieron la teoría de los dos demonios, queriéndonos imponer la idea de que en Uruguay hubo un enfrentamiento entre dos fuerzas iguales y ajenas a las problemáticas económico-sociales del país, son los mismos que hoy defienden el fin de las ideologías. Que no existen izquierdas ni derechas, que no existen clases sociales, que los que tienen mucho lo tienen por mérito y los que tienen poco es porque así tiene que ser. Y no estoy hablando solo de partidos políticos, estoy hablando de economistas y asesores de imagen, hablo también de los que creen que existe un régimen meritocrático por el cual debemos pasarnos la vida trabajando para que alguna vez tengamos suerte y podamos ser patrones.

Y hasta yo me pregunto ¿qué hago hablando de todo esto?, si la idea era hablar del 27 de junio de 1973. Pero es que no podemos hablar de lo pasado sin hablar de lo presente. Siento en la piel la oscuridad de esos 12 años oficiales, sin contar que desde el 62’ el ejército era el brazo armado de los terratenientes y sin contar que hace unos meses nomás entraron a la Facultad de Humanidades a robar y amenazar al Grupo de Investigación en Arqueología Forense que trabaja para descubrir los enterramientos clandestinos del último régimen dictatorial.

Y mucho más siento en la piel, cuando hace menos de 24 horas forzaron las rejas de mi casa para revisarme mis documentos de trabajo, robarme la computadora, la bandera del MPP firmada por el Pepe, cual si se tratara de un trofeo, y no llevarse ni un peso de los pocos que andaban en la mesa de luz.

Soy hija de un preso político al que judearon bastante y más de una vez me pregunté ¿por qué tuve que nacer después del 85’? ¿por qué no pude hacer nada contra la impunidad de los golpistas?.

Hoy me toca una suerte contradictoria de recibir la propuesta del miedo, pero recibirla con la cabeza en alto porque estoy del lado de los trabajadores. Y más allá de este intencionado y desafortunado acontecimiento, hoy me toca mirar hacia atrás con la vista hacia el frente.

La impunidad, la legalidad, la justicia, la democracia, no son verdades absolutas, son construcciones. Algunos creen que la justicia se trata de cárcel o castigo, pero se olvidan que las secuelas y los dolores no se terminan con el dictamen de un juez. Es necesario que a los libros y los códigos le sumemos humanidad, es necesario que dejemos de mirar para el costado cuando algo le pasa a alguien y no a nosotros, es necesario aprender que vivir solo cuesta vida, que tenemos que desterrar el miedo y la desigualdad.

¡Que NUNCA MÁS realmente sea NUNCA MÁS!

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