Análisis de la realidad política del Lic. Emilio Arredondo

En nota publicada en el mes de marzo en el semanario digital El Quebrachense, el Lic. Emilio Arredondo desnudó una realidad política de cara a la definición electoral de nuestro país el próximo domingo.

Compartimos a continuación la entrevista realizada:

¿Mirás televisión o sos más de redes?

Redes. Miro poco televisión abierta. A los contenidos de TV que me interesan los miro por internet a la hora que pueda. Alguna vez contaste que te sentabas con tus amigos a analizar a la gente y su comportamiento en algún bar o café.

¿Lo seguís haciendo? (Risas)

No, ahora con mis amigos aprovechamos mejor ese momento de amigos. Aunque sigue siendo verdad eso de que la observación de lo social es casi inevitable cuando voy al súper, al trabajo o a un recital. La observación más sistemática la hago a través de las redes, que son un instrumento poderoso que como civilización aún estamos aprendiendo a usar, y al que personalmente presto mucha atención. Aún con todas sus virtudes las redes pueden ser (en lo personal lo han sido) eficaces máquinas de decepcionar (reconozco que cada tanto me provoca la tentación de salirme de ellas), pero al trabajar con cultura política y subjetividad social, darles la espalda es un lujo que profesionalmente ya no me puedo dar. Llegaron para quedarse.

A partir de tu experiencia como politólogo, ¿qué cosas han venido cambiando en las campañas, más allá de las tecnologías?

Para empezar, el concepto mismo de “campaña”. Hasta mediados de la década pasada (hablo de Uruguay) predominaba el concepto clásico, es decir, campaña como acciones orientadas a influir en la conducta del votante, (o del consumidor, o de quienes conducen vehículos, etc.) y acotadas a 4 o 5 meses. Desde hace un tiempo –y era hora de que sucediera- parece ganar terreno el concepto de “campaña permanente”. Esto significa que las actividades de persuasión se intensifican en los últimos meses, pero en realidad vienen incidiendo de mucho antes; o sea, muchas cosas relevantes se van procesando a lo largo de años, en pequeñas dosis, “homeopáticamente” podríamos decir. Eso obliga a quienes trabajamos con estas cosas a estar más atentos a lo que en ciencias de la comunicación se llama “efectos de largo plazo”, que actúan sobre el plano cognitivo previamente al conductual, y a la incidencia de cosas que a primera vista –solo a primera vista- poco tienen de lo que tradicionalmente se considera política. En segundo lugar, y tan o más importante que lo anterior, hay que comprender y gestionar los muy profundos cambios en la subjetividad social, en la cultura política. Vivimos un recodo civilizacional, donde se disputan relatos sobre el mundo, los valores y la vida. Cambios de la subjetividad social que la dirigencia y los paradigmas tradicionales parecen no terminar de comprender en toda su profundidad. Incluida una parte de la izquierda. La confusión campea, aunque marchemos simulándolo. Tercero (relacionado con lo anterior), el debilitamiento de ciertos “códigos de convivencia” implícitamente acordados en etapa post- dictadura, sobre todo porque las fronteras que separan lo que es verdad y mentira aparecen muy borrosas. La profusión cotidiana de las fake news es uno de sus síntomas más claros. Sumado a las redes sociales, que influyen cada vez más. Claro. Para bien y para mal. Estamos tan expuestos que diría –mitad en broma y mitad en serio, trivializando algún concepto- que uno de los actos más libertarios y ácratas que podemos tener actualmente es confundir a esos algoritmos que nos vigilan dando “me gusta” a cosas que no nos provocan nada o que simplemente rechazamos. Si sos de izquierda compartir fotos de Trump y Bolsonaro, si sos de Peñarol darle MG al gol de Recoba en el minuto 49 (risas) y cosas así. Si masivamente hiciéramos eso dos o tres veces por semana, los algoritmos que nos espían comenzarían a confundirse y estaríamos algo más protegidos, menos manipulables. Y no es que los algoritmos sean muy “inteligentes”. La virtud de esos programas consiste en triangular a la velocidad de la luz la impresionante cantidad de información que nosotros mismos le damos al universo cuando posteamos (y cuando no posteamos también, porque el no-posteo, el silencio, también es información). Pero insisto: el asunto es que nosotros mostramos demasiado, devenimos demasiado previsibles, muy obvios (y obvias). Pasemos a la política nacional. Es año de elecciones. ¿A qué sector o partido político ves como mejor posicionado?

Comienzo reiterando algo que ya hemos conversado. Todo proceso electoral tiene tendencias “fuertes”, de largo plazo y resultados que se dilucidan en plazos cortos. Por las primeras, ciertos resultados parecen casi estructurales, muy difícilmente modificables (salvo por tempestades históricas, como el fallecimiento de un candidato o una grave crisis monetaria, por ejemplo). En cambio, los fenómenos de corto plazo pueden variar por factores más coyunturales, por detalles, propios de los meses previos a las elecciones. Por ejemplo, es una tendencia “fuerte”, de largo plazo, que Pablo Mieres o Novik no serán, ninguno de ellos, el próximo presidente uruguayo. Aunque matemáticamente tengan chance -como se dice en el fútbol-, hasta sus propios partidarios saben que no ganarán. Es verdad que estamos en un momento en la que la subjetividad colectiva (no hablo solamente de Uruguay) muestra giros desconcertantes, pero ello no invalida el principio de que hay tendencias que muy difícilmente cambien, pase lo que pase en la campaña. En este sentido, las elecciones de este año serán las más “abiertas” desde 1994. Me refiero a que en las últimas cuatro elecciones (incluyendo la de 1999) había una tendencia “fuerte” muy clara respecto a qué partido ganaba el Ejecutivo del país (en 1999 el partido Colorado, en las otras el Frente Amplio). En las de este año, en cambio, no se da así.

¿Eso significa que el FA puede perder el Ejecutivo?

Es una probabilidad, sí, y eso es lo novedoso. No estoy diciendo que inevitablemente vaya a suceder -que quede claro-, pero por primera vez en los últimos 20 años su suerte no está atada a una tendencia estructural. Puede ganar o perder el Ejecutivo nacional y dependerá de cómo unos y otros muevan las fichas en los meses previos a las elecciones. Sobre todo el propio FA, porque debe intentar retener una parte de sus votantes que ha ido tomando distancia. Por eso digo que es un resultado abierto.

¿Cómo llegás a esa conclusión? De las dos hipótesis (gana o pierde), ¿por cuál comenzamos?

Empecemos por la hipótesis de la derrota. Hago la versión corta, basándome en información que todos tenemos, sobre todo de encuestadoras (no una en particular, sino varias de ellas, que es lo que permite mirar mejor los procesos). Todo indica que en octubre el FA será el partido más votado, pero sin alcanzar mayoría absoluta (es decir, sin superar la mitad de los votos). Habrá balotage y será con el PN. Eso es una tendencia estructural. Una parte de los votantes del FA –sobre todo una parte de los llamados “votos prestados”- vienen mostrando respecto de ese partido signos de cierto malestar y/o distanciamiento. Las encuestadoras no se ponen de acuerdo sobre cuántos son. Parece ser una corriente leve pero suficientemente peligrosa, que no se compensa –al menos por ahora y a simple vista-, por ninguna corriente significativa de ingreso, como sí sucedió en 2014. Si tomamos como referencia la última elección, de 2014, el FA le ganó en segunda vuelta al PN por 13-14 puntos porcentuales, o sea, quedó a 6 o 7 puntos porcentuales de perder el Ejecutivo (ya que en un sistema binario de ballotage, lo que pierde uno se suma a su adversario). Esos 7 puntos son aproximadamente 140 mil votantes. Cinco años después, en un contexto de creciente variabilidad en la opinión pública, 7 puntos no deberían dejar tranquilo a nadie. Sobre todo si ese malhumor termina transformándose efectivamente en “fuga”. A esto agreguémosle lo siguiente: doce meses antes de las dos últimas elecciones (o sea, en octubre de 2008 y de 2013) las principales encuestadoras detectaban una intención de voto al FA de 6/8 puntos por encima de la intención que promedialmente mostraban en octubre pasado (2018).

¿Eso podría significar aquellos 7 puntos que separa a la izquierda de la derrota?

Exacto, podría, y de ello se alimenta esta hipótesis. Tengamos presente que todos –políticos, analistas, periodistas- dependemos de que las encuestas logren buenas fotos de la realidad social. Si la información que están aportando es fiel, significa que el FA está partiendo 6/8 puntos por debajo de lo que era su punto de partida en las dos anteriores elecciones. Si eso no cambia, sus chances en la segunda vuelta quedan fuertemente comprometidas. De todas maneras, atención: el resultado de 2014 sirve apenas como referencia inicial, porque el padrón de electores no es el mismo, (ya que en cinco años crece y se renueva al agregarse los nuevos votantes). En este sentido, el FA sigue siendo la principal opción para los votantes jóvenes, pero de acuerdo a algún sondeo conocido en el pasado febrero parecería que lo es en menor medida que hace cinco años (no recuerdo con precisión las cifras pero se trata de un poco más de la mitad). Además, sumemos que la oferta electoral de la izquierda, por primera vez en 25 años, no tendrá en la fórmula presidencial a ninguno de los grandes líderes (Mujica, Vázquez y Astori), consideremos que se nota la desaceleración de la economía (sobre todo en el mercado de empleo), que hay un cambio del humor de la opinión pública y principalmente, la profundidad de los cambios en la subjetividad social en su conjunto (insisto con ese aspecto), entonces, si sumás todo esto podría suceder (advertí el condicional) que por más que el FA crezca respecto al promedio de lo que actualmente detectan de las encuestadoras, su votación no le alcance para retener el Ejecutivo. Estos son, a grandes rasgos, los factores que sostienen esta hipótesis.

¿Tenés estimada alguna cifra?

Todas las cifras de intención de voto que manejo pertenecen a empresas encuestadoras. Como te explicaba, por cautela tomo el promedio de varias y triangulo ese dato con otras técnicas de investigación social, pero las cifras son ajenas. En todo caso sí puedo decirte que si esas cifras sobre intención de voto que venimos viendo desde hace dos años son fieles, el FA, incluso si en los meses previos a las elecciones mantuviere la tasa de crecimiento mostrada en las anteriores campañas (6/8 puntos), en octubre de este año podría alcanzar una votación de 42- 44%, y un mes después, en segunda vuelta, 48-49%, con lo que perdería el Ejecutivo, (que es la hipótesis que comenzamos analizando). Algunas encuestas muestran al FA con un punto de partida de 40% Imagino que te referís a sondeos de Factum. Entiendo tu punto, pero hay un “detalle” al que, me parece, no se le prestó suficiente atención: el sondeo de esa empresa no registra indecisos, es decir, ya los tiene proyectados. Eso quiere decir que si esa fotografía de Factum fuera fiel –si fuera fiel-, la condena estaría decretada ya que si no tenés indecisos, ¿de dónde vas a descontar, faltando seis meses, los 10 puntos que te separan de la mayoría? Otra encuestadora (creo que Radar) le asignan una intención de 38%, con 7% de indecisos. Pero en este caso, incluso si la totalidad de esos indecisos votaran al FA (cosa que difícilmente suceda porque se reparten), pero si todos votaran al FA éste quedaría en 45%, apenas por encima del 44 que te mencionaba en la respuesta anterior. Atenuando esta interpretación cabe tener presente que siempre hay un número más o menos importante de votantes de izquierda que viajan desde Argentina (por lo general en primera vuelta) y que por definición, no aparecen en las encuestas. En fin, lo que te quiero decir es que los partidos complicados se juegan con entusiasmo, pero también mirando serenamente todos estos elementos. De todas maneras, quien gane lo hará por muy poca diferencia. La contracara de esto es que la expectativa de la izquierda en retener el Ejecutivo en gran medida depende de que las encuestadoras estén subestimando su intención de voto real.

¿Por problemas técnicos de las encuestas?

No necesariamente. Más bien tiene que ver con que ese grupo de votantes del FA que hoy están molestos y con disposición a la “fuga” hacia otros partidos, finalmente no terminen haciéndolo. Es pura especulación, pero puede suceder que al encuestador le dicen que no votarán más al FA (y eso explica esa intención de 7/8 puntos por debajo de campañas anteriores), pero cuando llegue el momento (por detalles de campaña, por factores de candidaturas, por virtudes de discursos, hasta por lo que suceda en esos programas de TV mal llamados “debates televisivos”, que en esta campaña muy probablemente sí se harán, etc.) decía, cuando llegue el día y estén frente a la urna, esos ciudadanos no se animan a dar ese salto hacia partidos de oposición y a pesar de esas broncas iniciales, terminan quedándose a la izquierda. Ahí se juega la campaña. Por eso los partidos de oposición, aun manejando las mismas cifras que manejamos todos, se cuidan de no dar rienda suelta a su entusiasmo. Y es prudente que se cuiden. Repito: quien gane, lo hará por muy poco margen. De todas formas, para pasar raya, acá hay una cosa clara: un año antes de las dos campañas anteriores la izquierda tenía una intención de voto de 41/42 puntos y 12 o 15 puntos de indecisos. En esta campaña (con fórmulas presidenciales menos instaladas, con una situación económica menos cómoda, etc.) comienza con una intención promedio de 35/36%. El “humor” no es el mismo Claro. Seguramente te acordás de aquella discusión callejera que tuvo Tabaré con los autoconvocados, hace un par de años, creo que a la salida de un ministerio. En esa discusión un chacrero le grita “nos vemos en las urnas”, a lo que Tabaré responde, “sí, nos vemos en las urnas”. La barra del FA tomó esa respuesta de Vázquez y hasta lo transformó en un hashtag viral. El incidente es muy menor, digamos, muy banal, fugaz, pero la pregunta que estoy obligado a hacerme como profesional de estas cosas es ¿qué es lo que está viendo ese chacrero, conocedor del Uruguay profundo, para animarse a decirle una cosa así al tipo más votado en la historia del país? El tipo obviamente tiene cercanía, convive cotidianamente con esos votantes del FA que están con bronca y que en pocos meses estarán decidiendo si se animan a cruzar la línea o no. Habrá varios contentos y otros enojados con lo que estás diciendo Enojados, no creo. Tendrían doble trabajo. Yo no hago la realidad, ni soy mediático para que mi opinión pueda incidir en algo, no tengo -ni busco tener- páginas con miles de seguidores en las redes, ni soy un político que depende de aprobaciones. Nada de eso. Además, no pierdas de vista tres cosas: primero, me estás preguntando lo que podría pasar, no lo que me gustaría que pasare. Te respondo separando el análisis del deseo, como cuando un ministro de Economía prevé que a fin de año no le cerrarán las cuentas; segundo, insisto en que esto no es un pronóstico, sino la explicación de una de dos hipótesis (basada en gran medida en información -a veces contradictoria- aportada por encuestadoras, que además, privadamente, vengo sugiriendo desde hace dos años y que incluso algunos dirigentes de la propia izquierda en las últimas semanas ya han insinuado públicamente); tercero, no me sorprendería nada que alguien sacare estas cifras de contexto para manipular. No creo que le sirva para algo, pero allá quien haga eso. Está de más decir que como votante del FA espero que esta hipótesis no sea lo que finalmente suceda, pero como politólogo estoy obligado a contemplar –con la mayor serenidad posible- todas las posibilidades. Sobre todo las hipótesis más complicadas, porque solo así puedo intentar revertirlas.

¿Y la hipótesis del triunfo? ¿Qué debería hacer el FA para no perder? Depende de varios factores. Obviaré los detalles, pero entre otros, – que la izquierda muestre una mejor administración del pluralismo subjetivo actualmente existente; – que las encuestas estén subestimando la intención de voto en los jóvenes y que al final sea menor la cantidad de ellos que terminarán efectivamente votando a la derecha (una parte importante de la campaña apuntará a ese segmento); – que la oferta del FA que surja de la interna resulte lo suficientemente atractiva para frenar la fuga de esa parte de los “votos prestados” que se muestran distantes; – que los votantes que fugan en octubre desde el FA hacia el partido Colorado, en la segunda vuelta definan desobedecer a varios de sus líderes y no votar a un candidato blanco, regresando al FA en noviembre (eso sería un voto táctico que le quita mayoría parlamentaria al FA, pero evita el triunfo más conservador, tesis que no debe descartarse, que puede terminar condicionando toda la campaña y que explica que lo primero que haya dicho Sanguinetti cuando decidió su postulación fue que su principal propósito era impedir el triunfo del FA); – que el FA tenga éxito en atar el debate en torno a los resultados económicos de los quince años (pero sin perder de vista que hay un grupo de electores que no se mueven exclusivamente con la racionalidad costos-beneficios), el avance en términos de nuevos derechos y sobre todo, en lo mucho que se perdería en términos de conquistas socioeconómicas en caso de ganar la derecha. En este sentido (me refiero a las perspectivas de futuro, no a la comparación con el 2003) puede terminar siendo importante lo que vaya sucediendo en Argentina (y en menor medida, Brasil).

¿Cómo puede influir?

En Argentina tendrán elecciones presidenciales en el mismo día que acá y se estará plebiscitando los cuatro años de experiencia neoliberal de Macri (que es ideológicamente asimilable a la oposición uruguaya). Será una batalla decisiva, incluso para toda América Latina. Si el gobierno de Macri se desploma por el camino o llega sin chances en virtud de los desastres que está provocando en sectores medios y populares (y hay mucho indicios de que tal cosa puede pasar), eso podría influir en el ánimo de una parte de nuestro electorado, por efecto modélico, en contra de la derecha nacional. En ese sentido, la actual estrategia comunicacional del FA –sobre la que tengo una opinión muy crítica- está desaprovechando una coyuntura súper favorable para promover masivamente enfoques comparativos respecto del modelo neoliberal argentino, que está actuando en perjuicio de las mayorías de ese país. En caso de un triunfo opositor, ¿debemos esperar años de muchos cambios? Sí, sin dudas. El eventual triunfo opositor implicaría mucho más que un simple cambio de elencos. Sería un cambio de modelo de desarrollo, como fue 1958 o 2004. Como todo cambio de rumbo, el eventual triunfo representaría para la derecha una lógica inyección de ánimo y alto niveles de expectativa para administrar. Es presumible que ya en los primeros meses de su gestión, mientras preparare los detalles del modelo económico que se resumirá en su ley de Presupuesto, el nuevo gobierno querrá dar señales que refuercen una identidad y mantengan el entusiasmo de lo más activo de su base electoral (el sector agro-exportador, grupos religiosos -católicos y pentecostales-, pymes del interior y sectores medios conservadores). En ese caso, serían años muy intensos, con una calle “recalentada”.

¿Por qué lo decís?

Primero, porque la derecha de este país ignora por completo lo que significa gobernar la sociedad actual. En el mejor de los casos, se quedó con la idea de gobernar aquella sociedad uruguaya de hace 20 años atrás -y más- (y así nos fue). Así como en respuestas anteriores te decía que la dirigencia de izquierda muestra dificultades para comprender cabalmente la profundidad de los actuales cambios subjetivos, para la dirigencia de derecha esa dificultad está mucho más marcada. Mucho más. Además, para peor, intentará dar respuestas con papeles viejos. Se encontraría con una sociedad mucho más díscola, “empoderada” y sus esquemas, sus programas, lejos de ser actualizados y modernos, son insólitamente vetustos. La forma cómo los dirigentes conservadores conciben la lucha contra la delincuencia es un buen ejemplo de su primitivismo conceptual. ¿No es contradictorio decir que la oposición tiene chances de ganar y al mismo tiempo decir que sus dirigencias no comprenden los cambios de la subjetividad social? No, no lo es porque el mérito de la dirigencia opositora uruguaya no radica en liderar ningún cambio cultural (está muy lejos de eso), sino en advertir que en una parte de la población viene ocurriendo un cambio cultural (provocado por la acción de otros agentes, como la economía global, la división del trabajo, los medios de comunicación, las redes) y subirse a él. Aprovechan los cambios, pero lejos están de liderarlos. Este aspecto es muy importante a la hora de estimar, ulteriormente, la densidad de la legitimidad de esas dirigencias opositoras. Te digo más: dudo que haya habido un período de la historia uruguaya en el que la derecha haya mostrado –en lo conceptual y político- liderazgos tan pobres como los actuales. Fijate que están poniendo todo lo que tienen y aun así necesitan reforzar el cuadro con un general del ejército con nula experiencia política y flacas convicciones democráticas (pero que le resulta muy útil), un expresidente que dice que hay que modernizar el país presentando el mismo equipo y las mismas ideas de hace 30 años y un millonario que conoce más ministros rusos o la liga inglesa de fútbol que la tasa de desempleo del país, que cruzó el Santa Lucía por primera vez en su vida hace un mes, pero gana espacios de poder a fuerza de dinero. Así está la derecha uruguaya, y aún así puede ganar.

¿A qué te referís con “calles recalentadas”?

Me limito a lo que los propios dirigentes opositores han dicho o propuesto. En ese sentido, no es disparatado anticipar que en caso de ganar la oposición: – el nuevo gobierno conservador sobreactuaría una política de “mano dura” contra la delincuencia, con medidas de pretendidos “shocks” represivos, con retórica Rambo, buscando resultados de alto efecto en el corto plazo (pero de dudosa eficacia –y hasta contraproducente- en el mediano y largo plazo), – urgido por emitir señales del “cambio” prometido en campaña, es muy probable que se activen procesos legislativos tendientes a la modificación o derogación de leyes impulsadas por el FA y que reconocen derechos de última generación (ley de IVE, reparación a las personas trans, regulación del mercado de cannabis, etc., que además no requieren dinero); – buscando reducir el déficit fiscal, lo más probable es que se vaya por la reducción del denominado “costo del estado” (recortando programas, elevando algunas tarifas públicas, reduciendo algunos subsidios, disminuyendo o congelando el “rubro 0”, etc.), – en materia cambiaria, es altamente probable que se aceleraría el ritmo devaluatorio (reclamo insignia de sectores aliados de la actual oposición) que inevitablemente presionará al alza de los precios en el mediano plazo. – Sobrevolando todo esto (y obedeciendo al libreto regional), una masiva puesta en escena (que también es gratis y que serviría como cortina de humo) en busca de casos de corrupción, con comisiones investigadoras por todos lados, denuncias ante la Justicia, investigaciones administrativas, etc. Estas podrían ser algunas de las medidas iniciales; el aperitivo, digamos. Insisto: no es adivinanza, sino deducible de lo que los mismos líderes conservadores han dicho que van a hacer si ganan y de los reclamos de los diferentes grupos que forman el actual arco opositor. Las medidas de fondo, referidas a reformas en materia laboral, redistribución regresiva de la riqueza, seguridad social en general (que es una de las batallas más duras que se vienen), promoción de TLC’s, reforma impositiva, etc. se efectivizarán a partir del segundo año de gestión. Si sucediera una parte apenas de todo esto, los perjudicados difícilmente queden de brazos cruzados. Por eso digo lo de calles “recalentadas”. Y para la izquierda, ¿qué consecuencias tendría perder? En ese caso, además del obvio golpe anímico, en los primeros meses luego de las elecciones el FA tendrá la difícil tarea de evitar un duro intercambio interno de facturas. Sin embargo, ambas cosas (el duelo y los reproches internos) podrían verse precozmente interrumpidas (no necesariamente resueltas) si el FA resulta gravitacionalmente atraído por una agenda de movilización de organizaciones sociales que, como decía recién, seguramente salgan a la calle a defender logros que el bloque de derecha pondrá en revisión apenas asumido el Ejecutivo. A medida que el humo del incendio se fuere disipando, un análisis más sereno –y sobre todo, algo más autoindulgente- iría mostrado que podrían rescatarse cosas del desastre. ¿En qué sentido lo decís? Me refiero a que pensar la política en base a “resultadismo”, como si fuera un partido de fútbol, es una de las “enfermedades infantiles” del análisis político. Repasemos: aún perdiendo el Ejecutivo, a) el FA continuará siendo el partido político más grande y organizado del país, con el piso electoral más elevado y el único de oposición real, b) habrá terminado 15 años de gobierno con un montón de buenas cartas a su favor (en lo económico, en lo social, en el reconocimiento de nuevos derechos y en estilo de diálogo social). Con la chapa de “sabemos cómo gobernar” ya lograda, c) será la mayor bancada en el Poder Legislativo, alejado de la mayoría parlamentaria apenas por siete u ocho legisladores, d) retornarán a la vida partidaria –fortaleciéndola- destacados cuadros dirigentes abocados durante mucho tiempo a la conducción del Estado, e) actuar desde el llano le permitirá al FA un proceso de recambio de liderazgos más afianzado que el que pueda haberse intentado desde 2018, simultáneo con responsabilidades de gobierno, f) por motivos similares al punto anterior, podrá procesar una mejor actualización programática, g) en tanto principal partido de oposición, recuperará o reforzará los vínculos con organizaciones sociales históricamente aliadas, h) el FA mantendrá sus vínculos orgánicos con los intelectuales críticos del país, que a pesar de evidentes –y penosos- signos de anemia conceptual, seguirán teniendo incidencia en la pelea por el relato, i) irá recuperado progresivamente la tradicional gimnasia de movilización callejera. Todo esto sumado a retornar (sin el freno de ser gobierno) al talante crítico opositor que mejor le queda, al que asumiría con más naturalidad y eficacia. ¿Por qué decís que le queda mejor ese talante opositor? Buena parte de la izquierda uruguaya tiene origen sindical o gremial y más de 100 años de ejercicio de crítica anticapitalista. La administración de instituciones estatales es algo que el FA recién comienza a aprender en 1989, cuando gana por primera vez la Intendencia de Montevideo y se consolida en serio hace apenas 15 años. Es natural que la militancia de izquierda, con fuerte impronta sesentaiochista, se sienta más cómoda haciendo ejercicio crítico que gestionando el orden capitalista. Porque debemos convenir que un partido de trabajadores y sectores medios como el FA –paradójicamente- ha administrado capitalismo con mejores resultados que aquellos partidos con dirigencias portavoces de grupos empresariales. Pero al mismo tiempo, paradójicamente, eso le ha provocado fuertes tensiones internas. De hecho, en estos años hemos visto muchas veces que las críticas más duras a los gobiernos del FA provenían de propios más que de ajenos. Pero que nadie se confunda: la suma de todas estas “ventajas” que te decía en la respuesta anterior no compensa lo que se perdería con una derrota electoral. El nuestro es un sistema con énfasis presidencialista. Tener el Ejecutivo es definir el rumbo del modelo y manejar el “escudo de los débiles”, como le llamaba el viejo Batlle al Estado hace 100 años. En este caso, que nadie en el FA piense que se gana perdiendo, pero tampoco es el acabose. ¿Podés ampliar eso que decís respecto a que no se puede pensar la política como si fuera un partido de fútbol? Quienes viven la política con lógica de hinchadas futboleras se mueven a impulsos de resultados puntuales, ignorando procesos históricos de acumulación de poder. Hay barras que festejan, que se chicanean, que “le toman el pelo” a los adversarios, etc. Todo bien con eso, es parte del folklore, digamos. Y claro, cuando unos ganan una elección los otros viven la derrota como la muerte de cosas. Lo que intentaba decir con la metáfora del futbol es que más allá del paroxismo atado al resultado, mirar la política con actitud lúdica deriva en un pensamiento vacío de historia; estéril. El juego, por definición es anulación del tiempo; sin tiempo no hay historia, y sin historia no se puede pensar lo social, dedicate a otra cosa. Quienes disfrutan por adelantado la derrota del FA (aun cuando sus predicciones fueren acertadas), no terminan de comprender que la izquierda no lleva por nombre “Poder Ejecutivo”. Parecen perder de vista – infantilmente- que las mayores tasas de crecimiento, movilización y acción contra-hegemónica del FA, lo mejor de su mística y su influencia popular, se lograron desde el llano y en circunstancias muy adversas, tras décadas de militancia y acumulación en condiciones muy embromadas. Incluso soportando una dictadura, que puso todo el aparato represivo de un estado –en coordinación con otros estados- con el principal propósito de aniquilarla y aún así no lo logró. Mirar la política con lógica futbolera es un error enorme y típico de un pensamiento anémico. De todas maneras, no lo digo con ánimo de convencer a nadie (por aquello de “no distraigas a tu enemigo cuando lo veas cometiendo un error”). Que festejen por adelantado los que quieran hacerlo. Los reaccionarios parecen no advertir que vienen ganando algunas batallas –demasiadas- pero están perdiendo la guerra. ¿Cuál es la principal virtud y la principal debilidad de la oposición y cuál de la izquierda? Te respondo desde el plano estrictamente táctico, ya que si me paro en lo ideológico te voy a decir, desde mi mirada de izquierda, que la principal debilidad de la oposición es el rumbo antipopular de su doctrina y viceversa. Entonces, respondiendo exclusivamente desde lo táctico y considerado en singular, como espacio genérico, la principal virtud que le veo al arco opositor es la diversificación de su oferta. Tiene una oferta –de partidos y candidaturas- más enriquecida que anteriores elecciones. La principal virtud de la izquierda es que llega respaldada por una muy defendible gestión de gobierno (y no me refiero exclusivamente al último quinquenio -que tal vez fue, de los tres, el más opaco en lo político- sino al conjunto de los quince años). En cuanto a las debilidades de una y otra: la oposición (en el caso de blancos y colorados) llega sin haber sabido recuperar la organicidad de vínculos con sus votantes que alguna vez supo tener (es decir, hoy vemos que lo que más motiva a la militancia opositora es la idea de ganarle al FA, los líderes no terminan de enamorar a sus seguidores). La principal debilidad táctica de la izquierda es que llega habiendo perdido el control de la agenda, producto en gran medida de no haber proseguido y profundizado la lucha cultural, que fue una de sus características más relevantes en las últimas décadas. Aunque esto último, por ser su gran deuda impaga, ya es estratégico.

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