¡Asuma la responsabilidad Ministro!, por Augusto Bonet

Indignación y odio. Estas dos palabras son las que mejor describen las horas posteriores a la intervención de la policía en la Plaza Seregni de Montevideo. Las cloacas sociales se inundaron de videos grabados en 9:16 donde se escuchaban gritos, plegarias, algunos disparos de goma y hasta una súplica digna del movimiento pacifista hippie del San Francisco de los 60s.

Minutos fueron los que tuvimos que esperar para ver la catarata de tweets de dirigentes políticos de la izquierda uruguaya acusando el actuar de la policía, utilizando palabras pomposas para describir lo que acababa de pasar. Del otro lado los hambrientos de siempre, aquellos que están a la espera de cualquier acto de autoridad para aplaudir en un estado de éxtasis, por no decir de excitación.

No me detendré en las dicotomías absurdas; creo que el actuar de la policía fue correcto en lo general, y que lejos está este acto de representar un riesgo para la democracia uruguaya; tampoco dista muchos (o dista bastante, pero por un actuar correcto) de otras represiones ordenadas por el ex Ministro Bonomi, como cuando reprimió estudiantes que estaban luchando por sus derechos.

En lo que si me interesa detenerme es en esa indignación. Pareciera que un actuar represivo de la policía solamente genera este tipo de reacciones cuando los afectados son visibles. Pareciera que todo este show se activa solo cuando al que tocan es al vecino, al compañero, a las capas medias de una sociedad. Solamente en ese momento es que nos damos cuenta que la policía tiene límites (los cuales creo firmemente que no sobrepasó en el operativo en cuestión).

Las fuerzas públicas no ejercen su verdadero abuso a la luz de un operativo policial, no violan las normativas cuando las cámaras están prendidas y sus superiores controlando. El verdadero abuso policial ocurre en la oscuridad de una calle de barrio, en una plaza despoblada o luego de una detención. Todos (o todos los que yo identifico como tales) hemos sufrido o conocemos a alguien que ha sufrido abuso policial; pudo haber sido ayer, la semana pasada, el año pasado, hace 4 años o hace 20. El verdadero abuso policial no conoce de gobiernos.

Está bien visto que un patrullero haga un desvío luego de una detención “porque el botija tiene que aprender a no robar de alguna forma”; se entiende correcto que se plante una prueba en un robo “porque sino entra y sale como si nada”. Y esto no es algo de ahora, pero tiene que ser solucionado ahora.

Por eso es el llamado a hacerse responsable de esta situación. Porque, aunque entiendo que la policía como institución es merecedora de respeto, algunos de sus integrantes siguen con los lineamientos del anterior gobierno donde parecía que contaban con una impunidad absoluta cuando la cosas no se veían.

Yo nací y me crie bajo gobiernos del Frente Amplio. Yo nunca le tuve miedo a la policía en una marcha o un partido de fútbol, pero ver llegar a un policía a las tres de la mañana en la Plaza Flores era motivo de preocupación. Moneda corriente es ver desde hace años a personas que vienen a pedir a casa lastimados “porque la republicana me vio”; como si el simple hecho de ver una persona en la calle le de credenciales para golpearla y reírse.

Me indigna que la indignación sea selectiva, sea clasista, sea elitista. Me indigna que callaran por 15 años el verdadero abuso policial y que ahora vengan a dar cátedra. Pero también siento la responsabilidad de que el Ministro Larrañaga se haga cargo del problema, de que un gurí pueda caminar por Calle Bolivia a las 3 de la mañana sin tener miedo de que lo detengan y “judíen” un rato por diversión.

¿Qué importa si en una norma dice “apariencia delictiva” a la luz de todos, si hace años que la apariencia delictiva es delito en una oscuridad que todos ven pero ignoran?

Que la indignación no sea cuando hay cámaras, luces y videos; pero terminemos con esa impunidad que ha reinado en el último tiempo cuando no hay cámaras, luces y videos.

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