El 2020 y la enseñanza de la secuoya, Nicolás Albertoni

El 2020 y la enseñanza de la secuoya

La naturaleza necesita de la crisis para expandirse                   

La secuoya, es una de las especies de árboles más longevas y grandes sobre la faz de la tierra. Pueden crecer por 3000 años. El árbol de secuoya de mayor volumen del mundo se llama General Sherman en honor a un general de la guerra civil americana, y se encuentra en el Parque Nacional de Secuoyas ubicado al este California, Estados Unidos. Mide 84 metros de alto y 11 metros de diámetro.

Una vez, recorriendo ese parque, conocí al inmenso secuoya General Sherman. Fue realmente impactante. Existen pocos seres vivos de tal magnitud ante el cual los humanos podamos pararnos y contemplarlos por un largo rato. Pero entre tanta inmensidad se esconde un secreto: las secuoyas gigantes no se pueden reproducir sin el fuego. Necesitan enfrentarse a un incendio para propagarse. Es por eso que, cada tanto, los parques nacionales en los que se encuentran estos árboles deben generar incendios controlados para que esta especie no se extinga. Lo mismo sucede con otras especies de árboles en el mundo. Pero llama la atención que una de las especies más longevas y grandes del mundo base su supervivencia en el fuego y en tomar el riesgo de acabarlo todo para sobrevivir. Incluso, se sabe que habrá secuoyas que no sobrevivirán al fuego y morirán. Pero serán esos árboles caídos en el bosque los que servirán de abono para que otros que sí pudieron sobrevivir, crezcan. Los expertos en el parque cuentan que el fuego le otorga tres cosas claves a esta especie de árbol: permite abrir los conos de las semillas maduras sin dañar el árbol, haciendo que se genere una lluvia de semillas en el suelo; el fuego genera más espacio en el bosque, lo que permite que entre más luz y agua; y también permite quitar las hojas secas que se acumulan en el suelo. Al final de este proceso, esas semillas en el suelo necesitaran de las tormentas invernales para que el peso de la nieve las termine de plantar.

La analogía con nuestra realidad parece cercana pero no es cuestión de comparaciones fáciles. Lo interesante es ver cómo la naturaleza necesita de las crisis para expandirse. Está en nuestra esencia más allá de que nos cueste comprenderlo. Una vez, un profesor me dijo una frase que terminé de entenderla bastante tiempo después: pocas generaciones tienen la suerte de vivir crisis profundas.

Ya vivíamos en un mundo complejo antes de la pandemia. Sentíamos que la crisis y la incertidumbre ya eran moneda corriente. Es interesante ver cómo antes de la pandemia ya se hablaba de un mundo radical. Parafraseando a Yuval Noah Harari, desde hace tiempos ya venimos transicionando de un mundo VUCA (“volátil, incierto, complejo y ambiguo”) a un mundo UTRU (“de transformación sin precedentes e incertidumbres radicales”). En el mundo pre-pandemia ya atravesábamos desafíos inmensos: una crisis de migración aún no resuelta, tensiones comerciales que amenazan al sistema multilateral, crecientes tendencias populistas, desafíos ambientales sin consensos de cómo afrontarlos, y retos enormes de las democracias liberales, por citar algunos.

De aquí que, considerando las diferentes visiones sobre el futuro inmediato de la globalización, me afilio bastante a la de quienes sostienen que tras la pandemia no veremos un mundo nuevo sino un mundo en el que las fallas y oportunidades se verán exacerbadas. Habrá países que podrán sobrellevar mejor la post-pandemia y lo cambios radicales a los que nos estamos enfrentado. Y habrá otros que necesitarán de más ayuda. El desafío estará en el diálogo. Mejorar nuestro foco de debate sobre las políticas publicas será clave para el mundo que se avecina. Los países son en definitiva lo que debaten.

Esta pandemia me hizo volver a un libro que había leído hace un tiempo: Knowing Our Limits (Conociendo nuestros límites) del filósofo Nathan Ballantyne. A grandes rasgos, el autor, parte de un planteo básico y es que, a los seres humanos, les cuesta mucho cambiar su opinión. Rara vez dudamos de nuestras visiones. Ante este diagnóstico, la defensa de Ballantyne es empezar focalizarnos en debates interdisciplinarios para enfrentar el mundo que nos tocará vivir. Siempre se ha reclamado la conversación de la sociedad con la ciencia y viceversa. Vaya si este enfoque tiene sentido hoy. Como sociedad habíamos creído alcanzarlo todo al punto de creernos tan perfectos como para pretender clonarnos. Y un día, un virus detuvo por completo el mundo que tan “perfectamente” habíamos armado a “nuestra manera”.

Nuestra reacción como sociedad a esta crisis mundial no debería estar en intensificar las discordias sino en fortalecer las coincidencias. Tal vez ese sea el fuego que necesitamos para que se genere más espacio y entré más luz a este bosque en el que todos nos encontramos. La historia nos enseña eso, por ejemplo con la peste negra: la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, terminó siendo el punto de partida para que surgiera el Renacimiento que tuvo como eje la difusión de las ideas humanistas, que determinaron una nueva concepción del hombre y el mundo.

Por eso, sintiendo empatía con tantos que hoy están sufriendo este tiempo, pero con la esperanza de que nada será en vano, debemos comprometernos a jamás ver este año que se cierra como perdido. No existen años malos. Sino años en los que se gana y años en los que se aprende. Y es a eso que debemos apuntar: Transformar el fuego en acciones que nos ayude a crecer, juntos. 

Nicolás Albertoni

@N_Albertoni

Profesor de la Universidad Católica del Uruguay

Publicado en El Observador

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